Cuando éramos niños mi hermano y yo jugábamos a asomarnos por la ventana en la noche. Era la casa de mi abuelita y esa ventana era especial porque daba a la calle y el vidrio era de ese con piquitos que sólo deja pasar la luz pero no las formas. Y la luz la multiplica. Nos gustaba fingir que tantas luces de diferentes colores, intensidades y tamaños estaban ahí porque en la calzada estaban "los juegos". Los juegos mecánicos pues, una feriecita de una o dos cuadras. Nos turnábamos para asomarnos un ratito cada uno.
Imagino que fue cuando empezamos a coleccionar luces. Desde luego, a medida que fuimos creciendo y desarrollando caracteres, él personalidad y yo perversiones, fuimos eligiendo luces cada vez menos afines para guardarnos.
Yo por ejemplo siempre me he inclinado por toda luz que implique algo de destrucción: las luces que salen salpicadas cuando alguien anda soldando algo; la lucecita de la punta de los cigarros que crece con cada fumada, como regocijándose con cada golpe de humo; la lucezota que dejó ciega a la chica de las gafas negras de Saramago; las ciudades rojas que se asoman de repente en algún cerro quemándose...
Me he dado cuenta de que no todas las luces se comportan igual, no toda luz grande se come a las más pequeñas. Tampoco necesariamente muchas luces pequeñas acaban con una mayor. He encontrado la forma de ir guardándolas, cada una en su sitio, luces autónomas, eso sí, con la libertad de ir y venir, a lo mejor de repente a jugar con alguna de las otras luces, a lo mejor a buscarle pleito, hacerle algún rasguño, hacerla que sangre aunque sea un poco su sangre de luz. Es lo que hacen las luces que vienen de donde las obtengo.
Juegan a ser feroces, fuertes hasta las más sutiles. Según ellas.
Pero en cuanto las enfrento a esa luz, la de violencia más hermosa que he presenciado en mi vida, la que hay en la mirada de una mujer decidida a romper, con toda la alevosía del mundo, el corazón de alguien que con toda la alevosía del mundo lleva su corazón a romper, entonces todas mis luces feroces se reducen lo más que pueden, se quedan quietecitas, calladas, apenas trémulas, sin respirar.
Quieren aprender las pobrecitas.