Digo calle a esa hora porque hay que aprovechar la brisita que justo en ese momento se acuerda de su propia existencia y recuerda también que puede soplar, y viene fresca, anunciando quedito que el aire aún es aire y que respirar aún es... bueno.
Al atardecer, calle, aunque sea unos minutos.
Cuando llueva, calle. Aunque sea desquiciada, aunque sea para asegurarse de que el arca sigue ahí, donde se guarda para alguna emergencia bíblica, y que los animales no se han comido entre sí, o que los nacos no la han graffiteado con leyendas como Señor Delegado para Diputado por el distrito 459, porque cuenta la leyenda que ésas no se salvan nunca. Dicen. Calle cuando llueva, para escuchar más claramente, la lluvia tiene un ritmo que cambia a capricho de las nubes, que seguramente algo quieren decir, pero ya tenemos suficiente con intentar entender lo que pasa acá abajo como para meternos en esos asuntos. Pero suena bonito, eso sí. Shhhhhh, o tap tap tap tap tap, o no sé qué jodido sonido tenga la lluvia.
Calle cuando la multitud aquí adentro abruma; calle cuando la soledad aquí adentro abruma. Calle cuando haya que celebrar algo, calle cuando nos la estén queriendo ganar, calle para saciar ímpetus exhibicionistas incipientes, o para conciliar el voyeurismo con la imaginación.
Calle también para coincidir con algún amigo, conocido, alguna infatuación y/o alguna persona non grata, y decir luego qué sorpresa o qué milagro, o qué bien o qué mal te ves, o te oyes, según se sea ciega o no.
Pero calle, sobre todo, cuando haya soñado que la pareja de alguna amiga o algún amigo se le acostaba encima y sentía bonito, bonito. Calle y procure, si se la encuentra ahí, no echársele encima para ver si sí era cierto.
Mucho menos en la calle.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario