20.10.11

De'sas tres...

Nonono, de sastres. No, no, desastres. Sí.
Soy desastre natural. A ratos me asalta el individualismo cínico, el saberme centro del universo. Entonces, si todo sale bien y me siento más desastrosa que nunca (siempre, todo desastre es el peor, en tanto sea el actual), puedo permitirme hacer alguna analogía con mi nombre. Me llamo Lluvia.
Pero ese impulso de explotar mi nombre de desastre en potencia (en putencia, if you will) desaparece enseguida, cuando sucumbo a mi estúpido vicio devastador de pensar en los demás, siempre pensar en los demás. Los demás también deben, en algún momento, sentir que son desastre natural, y no todos se llaman Lluvia.
Resulta que no, Lluvia, no eres la única que de repente se da cuenta de que en todas las fotos de cierta fecha para acá sale acompañada de alguna tristeza, por mínima que sea, quizá asomándose desde sus ojos, o de una sonrisa fingida, en medio de un abrazo por compromiso, colgada de un par de cachetes que cada vez van más para abajo, escondida entre algún mechón de canas o abrigándose en una barba que no debería salir (porque chingadamadre,alasniñasnolesdebesalirbarba), o apoltronada a lo mejor, en un par de senos que no deberían ser tan voluminosos (porque chingadamadre,losniñosnodebentenersenos).
La edad. La vejez, que no necesariamente es sinónimo de desastre, pero por sentido común, a mayores lapsos, más probabilidades hay de que a una le pasen chingaderas de esas que a todos nos pasan diferente pero nos desastran igual. Es natural.
Desastrar no es verbo, me informan. Mejor todavía: más natural.
Sucesos evidentes o apenas perceptibles, de esos que sólo se alcanzan a concebir como desastres hasta que una da algunos pasos hacia atrás y ve todo el panorama. Estamos madreados, y estas fundaciones, patronatos, asociaciones civiles, deductoevasores de impuestos no hacen nada por ayudarnos. Porque nuestros desastres no son tan escandalosos y porque posiblemente sean iguales a los que ellos mismos son.
Se es desastre para los demás y se es desastre en sí, para sí, para así desastrar un poquito más a los demás, ese vicio doblemente devastador de pensar siempre en los demás, les digo. Devastador para mí, devastador para ti, es como una canción Barney emo.
Pero no toda lluvia es desastrosa, me diremos yo y todas las lluvias, quizá también alguno que no sea Lluvia. Están las lluvias salvadoras que llegan justo a tiempo para evitar o deshacer desastres, de esos que duran incluso años en formarse, o que duran años ya formados sin que nadie se dé cuenta hasta que alguien pasa por allá, o da unos pasos hacia atrás y ve el panorama. Estamos madreados, y estas fundaciones no hacen nada, pero está la lluvia, siempre.
Agua que cae del cielo, y todo lo lava y lo deja bonito, si no lo lava de más. O si no es de terciopelo o de papel, pero qué andan dejando ropa de terciopelo y documentos importantes a la intemperie.
Con suerte, de repente en las fotos, en lugar de tristezas, empiezan a salir sonrisas escondidas. Asomándose por algún botón que se niega a cerrar satisfactoriamente la blusa o el pantalón, bien apretada en algún abrazo de verdad, o en algún mechón de cabello que se rebela y no queda bien aplacado, o por qué no, desde alguno muy bien portadito que sale peinado en las fotos. O en un brillito de esos en forma de equis que forma la luz en el agua o en el aire.

Sólo es cuestión de esperar con la cámara lista y a lo mejor un poco de latas de comida y agua de lluvia almacenada.

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